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martedì 3 giugno 2014

Kibutz

FOPLADE- Regreso a los kibutz

Los kibutz israelíes reviven a fuerza de relajar la socialización

Fue uno de los movimientos comunales más importantes de la historia y encandiló a los años sesenta

Visitamos varios de ellos, donde viven hoy 143.000 personas


Jardín comunitario de Afikim, kibutz en el valle del Jordán que en el último año ha acogido a 100 nuevas familias. / ALFREDO CÁLIZ
Hoy es el gran día para Inbal y Dori. Llevan dos años esperando este momento. El kibutz Gal-on decidirá esta tarde en asamblea si acepta a esta joven pareja israelí como miembros. Habrá una votación y, si todo va bien, Inbal y Dori se convertirán en una de las miles de parejas culpables de la resurrección del colectivismo en Israel.
Los cientos de kibutz que encandilaron a la progresía de medio mundo durante los primeros años de existencia de Israel cuelgan ahora el cartel de completo. Con 143.000 miembros, los kibutz no habían tenido nunca antes tantos pobladores en sus 102 años de vida. Hoy los jóvenes quieren sentir el contacto con la naturaleza y el calor de la vida en comunidad. Pero sobre todo vuelven porque el 75% de los kibutz han cambiado a golpe de asamblea la forma de organizarse. Los miembros aún comparten mucho –comedor, coche, escuela, sistema de pensiones…–, pero ya no tanto como antes. El individuo ha ganado terreno al grupo. Se han modernizado y adaptado a las exigencias de una sociedad más individualista, dicen unos. Se han descafeinado hasta casi perder su razón de ser, piensan otros. Lo cierto es que han cambiado y que ese cambio ha seducido a miles de israelíes, a los que la colectivización total asfixiaba. Tras décadas de declive, aquellos experimentos sociales que sorprendieron al mundo florecen de nuevo.
La joven pareja de Gal-on superó el test psicotécnico, el económico y la entrevista hace meses. Ahora forman parte de las 35 familias preseleccionadas que esperan una decisión final. A pesar de la trascendencia del momento, Dori dice que no está demasiado nervioso. Cuando le tocó salir al escenario a exponer los motivos por los que pedía el ingreso hace dos días ante el pleno de la comunidad, lo hizo casi a pelo, improvisó. Porque al fin y al cabo, él nació en este kibutz. Y aquí, en este vergel próximo a la depauperada franja de Gaza, casi todo el mundo lo conoce.
Saben que creció en la casa de niños del kibutz, donde las madres dejaban a sus bebés a los tres días de parir y donde los cuidadores criaban a todos los niños del kibutz por turnos durante las noches. Por las tardes eran los padres los que se ocupaban de sus hijos. Los recuerdos de la infancia de Dori, como los de muchos niños del kibutz, son memorias de una niñez feliz. “A mí me encantaba. Podía enredar y jugar toda la noche. Si teníamos algún problema, había un interfono para llamar a los cuidadores”. Crecieron niños independientes, muy capaces de relacionarse con su entorno, aseguran los defensores del modelo.
La primera reforma la lideraron madres que se negaban a abandonar
a sus hijos por la noche
Pero la crianza colectiva fue precisamente la primera gran reforma del kibutz. La lideraron algunas madres que se negaron a abandonar a sus hijos por las noches. Con los años han aflorado multitud de trau­­mas infantiles. Los niños diferentes –el gordo, el feo, el lento, el sensible– cuentan, ya de mayores, que sufrían más de la cuenta sin tener al lado a unos padres que les ayudaran a amortiguar los golpes propios de la crueldad infantil. A Inbal, la otra aspirante a Gal-on, como a muchos otros israelíes, la idea de colectivizar hasta los hijos le espanta.
Las casas de niños ya no funcionan en ningún kibutz de Israel. Cada chaval duerme en casa con sus padres. El día lo pasan en la escuela infantil y jugando con los amigos entre el verdor de estos minipoblados, en los que no entran los coches. Los niños corretean y van de una casa a otra, sin que ninguna valla les corte el paso. Porque el kibutz es un lugar común. Lo dicen los estatutos y lo demuestra la arquitectura de estas comunidades repartidas por todo el país y que a simple vista podrían parecer una urbanización española con vecinos muy bien avenidos. Un paseo por el interior de cualquier kibutz enseguida desvela que esto es otra cosa.
A las nueve de la mañana es hora punta en el comedor comunal de Ein Hashofet, en el norte del país, en la Galilea. Huevos cocidos, aceitunas, arenques ahumados y una bonita cristalera por la que entra el sol y a través de la cual se puede ver a los alumnos del colegio. Decenas de hombres y mujeres de todas las edades llenan sus bandejas con un opíparo desayuno propio de un bufé de hotel de lujo. Aquí esto es el pan nuestro de cada día. Comida subvencionada a precio de saldo, a cuenta del fondo común.
Los 480 miembros depositan su salario en la caja comunal. A cambio reciben una paga mensual para sus gastos. La cuantía de la paga depende del tamaño de la familia. El kibutz se encarga del resto. Salud, escuela, universidad –que aquí consideran “una necesidad básica en la vida”–, pensiones para los mayores y cultura, entre una infinidad de servicios. Hay un lema que preside todo el invento y que resume muy bien la filosofía sobre la que se asienta el kibutz: “Todo el mundo pone lo que puede y recibe lo que necesita”.
Inbal Shapira y Dori Shapira, casados y con dos hijos, llevan cinco años viviendo de alquiler en Gal-on; ahora aspiran a ingresar en la comunidad. / ALFREDO CÁLIZ
Tienen un pub, un auditorio, un pequeño museo, una piscina, un dentista gratuito, un diario interno que da cuenta de nacimientos, muertes y otros eventos, y hasta un minizoo en el que cada niño adopta y da nombre a uno de los animales. Compran además bienes y servicios en bloque al mundo exterior, lo que les permite beneficiarse de ofertas como, por ejemplo, en teléfonos móviles.
Así se han organizado en Ein Hashofet cuatro generaciones durante 75 años. Desde que a finales de los años treinta, judíos polacos y estadounidenses recalaran en este pedazo de territorio. Las fotos de la época muestran un terreno baldío. En las imágenes algo posteriores se ven ya las pequeñas viviendas unifamiliares. Diminutas, porque no había lugar ni para niños ni para lavadoras ni para casi nada. Apenas una cama de matrimonio y poco más. El resto: baños, duchas, casas de niños, cocinas… todo era común. Con los años, las casas se fueron ampliando y ahora son pequeños chalés con todo tipo de comodidades.
“Con la llamada privatización, 190 kibutz han dejado de compartir bastantes cosas”
Hoy, el 25% de los ingresos de Ein Hashofet proceden de la agricultura –aguacates, pollos, vacas– y el resto viene de la producción industrial. Elaboran un componente de las luces de neón y piezas de automóviles. La fábrica de helados y quesos da salida a parte de la producción láctea. Allí, un empleado masajea las cervicales de una compañera junto a las máquinas. El ambiente laboral es a todas luces muy relajado. Eitzik Shafran, uno de los miembros, explica que funcionan con todo tipo de ajustes laborales. Los jubilados, por ejemplo, pueden trabajar a tiempo parcial, si quieren, para seguir contribuyendo a la comunidad.
La aparente prosperidad esconde, sin embargo, importantes dificultades económicas. El azar, el destino y, sobre todo, la decisión de los padres fundadores quisieron que Ein Hashofet firmara sus contratos de distribución de piezas para automóviles con la General Motors (GM) estadounidense. Miguel Zarkus, el secretario general del kibutz, explica que “cuando GM entró en crisis, la producción en Ein Hashofet se paró”. Luego cambiaron las leyes ambientales y también perdieron el dominio del mercado de los componentes de las lámpa­­ras. Después llegó la crisis financiera global. “Empezaron los miedos. Antes nadie dudaba del sistema colectivo. Ahora ya hay gente que se plantea la privatización del kibutz. Cuando las familias tienen miedo, impera el sálvese quien pueda. El modelo comunitario es mucho más fácil cuando las cuentas están saneadas”, sostiene Zarkus, con barba cana y aire sesentayochero.
“El modelo comunitario es mucho más fácil con cuentas saneadas”
Ein Hashofet es uno de los 64 kibutz tradicionalistas que quedan en Israel. Uno de los que no han optado por la llamada privatización, por la que hasta 190 kibutz han dejado de compartir bastantes cosas, pero en los que todavía hay un fondo común para casos de enfermedades graves, jubilaciones, desempleo y otras necesidades acuciantes. Lo llaman privatización, pero en realidad casi lo único que no es común son los salarios. Operan bajo el principio de la responsabilidad mutua. Cuando un miembro flaquea, la comunidad sale al rescate. En los privatizados hay coches comunes, y multitud de decisiones todavía se votan en asamblea. La diferencia con los tradicionalistas es que el sueldo se lo guarda cada uno y lo gasta como quiere, salvo la cuota que se paga a la comunidad. Ese ha sido el gran cambio, el gran atentado a la premisa igualitaria del universo kibutz.
Ese es además el gran debate que la mayoría de los kibutz en Israel ha mantenido durante años y que ahora aterriza en Ein Hashofet: el de cómo competir en una economía globalizada y, sobre todo, el de cuánto compartir cuando vienen las vacas flacas. De momento, la mitad de los miembros están a favor de la mal llamada privatización, y la otra mitad, en contra. El tiempo dirá. Mientras, han plantado olivos y naranjos y empiezan a probar suerte con la energía solar.
Las privatizaciones son procesos largos que pueden durar seis u ocho años y en los que, votación tras votación, la comunidad se reinventa a sí misma. Shlomo Getz, profesor de la Universidad de Haifa y conocido como el gran experto en el colectivismo israelí, explica cómo nació la necesidad del cambio: “Algunos empezaron a envidiar la capacidad de consumo de los que no vivían en los kibutz. Veían cómo compraban coches, viajaban al extranjero… Luego estaba lo que llamamos problema de los aprovechados. No todo el mundo trabajaba igual, pero todos cobraban lo mismo y recibían lo que necesitaban. Igual solo había un 5% de aprovechados, pero muchos miembros tenían la sensación de ser los únicos que de verdad trabajaban y de que los demás se aprovechaban de ellos”.
Así, poco a poco, el 75% de los kibutz mudó de piel. Decidió seguir compartiendo, pero menos. Ese cambio, según los entendidos, ha favorecido la llegada en masa de nuevos miembros. “La gente vuelve porque la apertura [privatización] de los kibutz ha hecho posible que los jóvenes vivan en una comunidad, pero a la vez sean dueños de sus actos y de sus salarios. Que dependan menos unos de otros. Los kibutz son además un reducto de tranquilidad donde la gente vive con las puertas abiertas”, explica Marc Levy, director general del Movimiento del Kibutz, la federación de comunidades, en su sede en Tel Aviv.
La gran vuelta al kibutz de los últimos dos o tres años se produce después de un par de décadas de crisis profunda. En los años ochenta, los kibutz se encontraron con un nivel de endeudamiento desorbitado. Además, respondían solidariamente los unos de los otros, lo que supuso un problema añadido. La principal culpable de la crisis del modelo colectivo fue la gran inflación israelí de aquellos años. El paso de la casa de niños a la de los padres fue otro de los factores definitivos. Las familias se embarcaron en grandes inversiones para ampliar sus viviendas en un momento económicamente inoportuno. A la vez, las empresas propiedad de los kibutz empezaban a quedarse atrás, a ser incapaces de competir. Cuentan los miembros de las comunidades que se dieron cuenta de que para triunfar en la economía moderna había que especializarse, que no todos los miembros del kibutz servían para todo. Que el maestro o el que ordeñaba las vacas no podía convertirse en el gerente de la fábrica de un día para otro.
Coincidió además con un momento en el que el paternalismo estatal de los primeros años de vida de Israel empezaba a diluirse con un salto a la economía capitalista, que en algunos sectores se produjo a velocidad de vértigo. “Los kibutz empezaron a vaciarse”, relata Getz. “Las deudas eran de los kibutz, no de los individuos, y mucha gente simplemente se fue. Entonces surgió la necesidad de replantearse el sistema”, cuenta en el porche de su casa Gadot, en el norte, junto a Líbano.
“Ha empezado a llegar sangre nueva. la lista de espera para entrar es de al menos un año”
La crisis forzó un gran pacto entre los bancos y el Estado. Condonaron parte de la deuda según la capacidad real de devolución de cada kibutz y, a cambio, las comunidades cedieron parte de sus tierras al Estado y privatizaron la industria láctea. Hoy día, la gran mayoría de los kibutz son empresas rentables. Muchos combinan la producción agrícola con la fabricación de todo tipo de productos. Envases plásticos, blindaje para coches, piezas de electrodomésticos. Casi de todo. Sus miembros suman apenas el 1% de la población de Israel, pero representan el 40% de la producción agrícola y en torno al 9% de la industrial.
Viendo la vitalidad que se respira en el comedor de Ein Hashofet, resulta casi imposible pensar que hace 15 años este kibutz, como los del resto del país, languideciera. Sucedió casi de repente, hace unos años, cuando empezó a llegar sangre nueva, parejas jóvenes que huían de la gran ciudad y la inseguridad urbana. Que buscaban un lugar agradable para ver crecer a sus hijos –aquí van en bicicleta a la guardería– y que anhelaban la vida en comunidad. Hoy, la lista de espera para entrar es de al menos un año. Cuando hay vacantes, los que superan la entrevista personal y las tres votaciones están dentro. Ahora, en Ein Hashofet esperan tener más tierras y algo más de dinero para poder ampliar.
El cambio ha permitido la supervivencia, pero también ha generado lo que algunos viven como nuevas contradicciones. Amikam Osem, un pionero veterano, lo explica muy bien. Dice que una cierta privatización ha sido necesaria. Bien. Que se abrieron las puertas y muchos miembros empezaron a trabajar fuera, en las ciudades. Mientras, las fábricas y los sembrados se llenaron de obreros de fuera –tailandeses y palestinos con pasaporte israelí sobre todo–. También bien. “El problema es que los beneficios de esos campos y esas fábricas siguen yendo a los miembros del kibutz, y eso no es justo. Si somos tan socialistas, habrá que repartir los dividendos entre los trabajadores, digo yo”.
En la inmensa mayoría de los kibutz no se ve una kipá, con la que se tapan la coronilla los judíos más religiosos. El perfil del pionero fundador del Estado de Israel era el de un judío laico y askenazí –de origen europeo– con ideales sionistas y socialistas. Se trataba de colonizar la tierra, de hacer florecer el desierto, como ordenaba el padre del país, David ben Gurión. De crear un nuevo mundo y de labrar la imagen del nuevo judío, en la que la cultura reemplazaría a la religión. Querían acometer revoluciones personales, “reducir la distancia entre lo que se dice y lo que se hace”.
Pero la presencia de la religión crece a marchas forzadas en Israel y eso también se nota en los kibutz. En algunos se construyen sinagogas y hay incluso un par que son religiosos al 100%. Es decir, no admiten por ejemplo miembros que no respeten las reglas del kashrut, las que el judaísmo impone para la alimentación, entre ellas la separación de carne y lácteos. El sabbat, el día de descanso, se cumple a rajatabla.
Es el caso de Sha’alvim, en el centro del país. Aquí, todas las cabezas van cubiertas con una kipá. Unos son nacionalistas-religiosos, y otros,haredim –ultraortodoxos–, “pero todos somos sionistas”, aclara Moshe Oren, uno de los fundadores. Hace esta aclaración porque parte de la comunidad ultrarreligiosa de Israel se declara antisionista y en contra de la creación del Estado de Israel. Piensan que solo el Mesías, cuando llegue, podrá fundar un Estado judío. Los religiosos de Sha’alvim pertenecen, sin embargo, a otra corriente. A la de los que piensan que el camino de la redención pasa por asentar la que consideran la tierra prometida. Son fruto del variadísimo cóctel ideológico-teológico que en Israel compite por la identidad del Estado. “Cuando llegamos, éramos religiosos, pero también teníamos ideales socialistas. No queríamos ser pequeñoburgueses”. A principios de los cincuenta, unas diez familias aterrizaron en estas tierras, pegadas a la frontera que hasta 1967 fue Jordania, con la idea de poblarlas y proteger las fronteras. Hoy viven aquí unas 70 familias, pero están construyendo un barrio nuevo para alojar a los que vienen. Oren nos recibe en su casa, un pequeño habitáculo decorado con fotos de la familia y todo tipo de objetos religiosos. Él es uno de los primeros pobladores. Nacido con el nombre de Marcel Tanenbaum, recaló en Sha’alvim en 1956 tras escapar del nazismo en Estrasburgo. Enseguida comenzaron a cultivar la tierra y a criar ganado. Hoy, buena parte de la actividad del kibutz gira en torno a la gran yeshiva hesder, donde estudiantes israelíes y estadounidenses combinan enseñanzas religiosas con el Ejército.

La intimidad de la gran familia del ki­­butz da calorcito, acoge. Pero también en ocasiones asfixia. “No solo conozco a todos los miembros del kibutz, sé también con quién se acuesta cada uno”, confiesa entre risas Amikan Osem, el pionero veterano que vive en Afikim, en el valle del Jordán. Este kibutz ha acogido a 100 nuevas familias en el último año. Osem conoce Afikim como la palma de su mano y le gusta enseñarlo subido en uno de los típicos triciclos eléctricos que circulan por los kibutz de todo el país y que se fabrican aquí. Deja escapar una mueca-sonrisa cuando recuerda los años de los –y sobre todo las– voluntarios/as. Muchos israelíes siguen añorando el desembarco de las nórdicas, las inglesas, las estadounidenses. “Aquí sabes quién es tu madre, pero nunca estás seguro de quién es tu padre”, dice un chascarrillo que recorre los kibutz y que hace alusión a aquellos años. La juventud internacional recalaba en este rincón del planeta, deseosa de aprender, de cumplir su sueño socialista… y de divertirse. Amoríos y rollos de verano hubo muchos. Matrimonios, también unos cuantos.
El caso de Sha’alvim es especialmente interesante, porque de alguna manera ilustra la emigración ideológica de ciertos sectores de la sociedad israelí. Oren y el resto de los llamados pioneros llegaron a Sha’alvim porque querían conquistar la tierra y participar en la construcción del Estado de Israel en el que creían. Los hijos de Oren –“con la ayuda de Dios tenemos muchos”– se consideran también sionistas e idealistas y viven en asentamientos en los territorios ocupados palestinos. “No se trata de colonizar, sino de liberar, porque esta tierra [Cisjordania] nos pertenece desde que Dios la creó”, estima Oren. Algunos de sus nietos –unos 50, dice que ha perdido la cuenta– viven en los outpost, grupos de caravanas incrustadas en el corazón de Cisjordania e ilegales incluso según la ley israelí. En los cincuenta, los pioneros, los idealistas patriotas, fundaban kibutz. Hoy levantan outposts y pueblan los asentamientos que ponen en peligro cualquier acuerdo de paz con los palestinos.
Ahora los jóvenes solidarios se embarcan en flotillas que aspiran a romper el embargo de la franja de Gaza, o por lo menos a llamar la atención sobre este castigo colectivo al más de millón y medio de palestinos que allí viven. Y los kibutz reciben ahora voluntarios cristianos sionistas y surcoreanos que quieren ver mundo, pero que no son necesariamente idealistas. “Es el precio de la ocupación. Ahora el mundo nos ve como opresores, como colonizadores”, admite Levy, director general del movimiento.
El perfil del voluntario ha cambiado. El del kibutz está todavía en mutación, se está reinventando. Por un lado ha resucitado el deseo de volver a la tierra. Los jóvenes se apuntan en las listas de espera porque quieren vivir una vida más simple y, en definitiva, ser más felices. Quieren vivir en comunidad, pero sin que el grupo les reemplace y decida por ellos. El consenso pasa a veces por diluir el invento. La esencia, sin embargo, permanece de momento. “El kibutz aún está buscando su identidad. No va a ser lo que era antes, pero todavía tiene que decidir qué quiere ser de mayor”, cree Diana Bogoslavsky, directora del conglomerado empresarial de los kibutz del valle del Jordán. El futuro es incierto. Tanto, que desde hace 20 años una legión de agoreros vaticinan la muerte del kibutz, que dicen que de la privatización a la defunción hay un paso. Pero por ahora disfrutan una segunda vida y con su nueva piel demuestran a diario que no hay una forma única de organizarse en sociedad, sino muchas. Criterios y opiniones.

Ortodoxos en Israel

FOPLADE-

Los que tiemblan ante Dios

Los ultraortodoxos 'jaredíes' son minoría, pero crecen y ganan terreno político

Su fanatismo y su imparable crecimiento demográfico les permite poner en jaque la modernización de Israel


Manifestación ultraortodoxa. / ARIEL JEROZOLIMSKI
Se llaman a sí mismos yidn, que en el arcaico yídish, la mezcla de hebreo y alemán preservada en Europa durante siglos, significa simplementejudíos. Es una elección significativa, pues denota que se consideran los verdaderos seguidores de su fe, salvaguardas últimos de la ortodoxia. Son más de 700.000, casi un 10% de la población de Israel, y crecen a un ritmo con el que el resto de la nación no puede competir. El futuro del país bien puede estar en sus manos. Pero con gran poder sobreviene gran responsabilidad, y hoy se enfrentan a una angustiosa duda existencial. ¿Pueden seguir aislados, sus varones renunciando a cosas tan mundanas como prestar el servicio militar o ingresar en el mercado laboral, en aras de estudiar los textos religiosos? Esa ha sido su principal labor en Tierra Santa en las pasadas décadas. Memorizan la Biblia y las leyes que se derivan de ella. Y cumplen escrupulosamente esas exigencias, pues no en vano en hebreo se les llama jaredíes, o los que tiemblan ante la palabra de Dios.
Dedicar la vida a estudiar textos religiosos es un motivo de orgullo como pocos entre los varones ultraortodoxos de Israel. “Mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo lo hicieron. Imitarlos me llena de felicidad”, dice Asher Hakarni, de 30 años. Junto a él, en el salón de un austero apartamento, asiente su mujer, Hava, de 29 años, con el cabello completamente cubierto por un pañuelo. Ella trabaja como educadora para mantener a la familia. Son ambos y cinco críos de ente seis meses y seis años. La escuela religiosa a la que él acude es todo un empleo en sí misma. Son cinco días y medio de memorización y análisis de los textos bíblicos. “Aun viviendo cinco vidas seguidas, uno no sería capaz de estudiarlos todos”, dice Hakarni.
Hay dos tipos de escuela religiosa para los varones ultraortodoxos. Lasyeshivas, para jóvenes, y los collels, a los que acuden los casados. En ellas se estudia principalmente la tora, los libros del Pentateuco que contienen los mandamientos, que en el judaísmo son 613 y que lo abarcan todo, desde la obligación de rezar tres veces al día hasta la prohibición de mezclar los productos lácteos con los cárnicos. A esas escuelas, en Israel, acuden unos 120.000 estudiantes, según el Ministerio de Educación.
Aún viviendo cinco vidas seguidas, uno no sería capaz de estudiar todos los textos bíblicos
Asher Hakarni, judío ortodoxo
El hogar de los Hakarni es, en su sencillez, la quintaesencia de las viviendas ultraortodoxas, sin decoraciones en las paredes más allá de los dibujos que los niños traen de la escuela. No hay televisión o radio porque son un estorbo. Su lugar lo ocupa lo realmente importante: una vitrina con textos religiosos, cuya encuadernación es lo más lujoso que poseen. Tampoco hay ordenador o conexión a Internet. El salón, amplio y espacioso, lo preside una gran mesa, que se emplea para las comidas en el día sagrado del sabbat. Junto a ella hay una butaca, donde Asher estudia los textos religiosos cuando está en casa. Este edificio, en el barrio de Givat Shaul, lo habitan en su práctica totalidad familias jaredíes. Y las normas que imperan en la calle son las suyas.
Hay en el vecindario varias sinagogas y un sinfín de academias religiosas. El descanso del sabbat se respeta con celo. La Biblia establece muchas prohibiciones para ese día sagrado. Trabajar, cocinar y viajar se cuentan entre ellas. El Éxodo, además, establece: “No encenderéis fuego en ninguna de vuestras moradas el día de reposo”. Los sabios del judaísmo han entendido tradicionalmente que esto afecta también a la activación de interruptores y circuitos eléctricos. No se usan, pues, teléfonos. En estos edificios, entre la puesta de sol del viernes y la del sábado, los ascensores paran en cada planta para que sus residentes no pulsen botones. Los comercios cierran. Y las calles están cortadas. Conducir ofende a Dios.
De Givat Shaul llegan frecuentemente noticias del celo ultraortodoxo en la vida pública. En agosto, un varón fue agredido en un autobús público porque le exigió a una mujer, que había osado sentarse en las primeras filas, que buscara asiento al fondo como todas las demás. Hubo un forcejeo, que acabó con un puñetazo que le propinó al pío ultraortodoxo otro pasajero que se fugó. En muchas líneas de autobuses urbanos en Jerusalén, los usuarios, en su inmensa mayoría ultrarreligiosos, asumen esa segregación autoimpuesta para evitar contacto inapropiado entre sexos opuestos.
A lo largo de las décadas, los jaredíes han ido expandiéndose por Jerusalén, hasta imponer el cierre de la parte occidental de la ciudad en su día sagrado. Es un logro formidable, pues son no más del 30% de la población metropolitana. Lo han logrado con las llamadas guerras del sabbat, grandes protestas organizadas desde los años cincuenta, a veces violentas, para imponer sus exigencias religiosas sobre los servicios públicos. Hordas de ultraortodoxos se han manifestado frente a restaurantes que no respetan las exigencias bíblicas sobre comida y no cierran el día sagrado. Han lanzado piedras a conductores que osan acercarse a sus barrios. Y han hecho impensable que haya nada que les estorbe, como una tienda abierta, en zonas que se han convertido en fortalezas religiosas inexpugnables en sabbat.
Ultraortodoxos se manifiestan en la calle lanzando piedras en las llamadas 'guerras del sabbat'. / ARIEL JEROZOLIMSKI
“Quienes se oponen a esto no quieren practicar el verdadero judaísmo. Mantienen que es coerción religiosa, dicen que no necesitan el judaísmo”, cuenta con cierto aire de indignación el rabino Simón Horowitz, en la yeshivaen la que enseña frente al Muro de las Lamentaciones. “Dicen que les molesta que no haya transporte público ensabbat, pero es algo que se ha logrado en Jerusalén, no en todas las ciudades. Debemos tener claro que este se define como un Estado judío”. Los jaredíes no están solos en su labor de forzar la observación religiosa en Jerusalén. Cuentan con el apoyo de otros grupos judíos que se definen como tradicionalistas, sin por ello adherirse a costumbres ultraortodoxas como sus muy estrictos cánones de vestimenta.
Los varones prefieren traje de color oscuro sobre camisa blanca. En la coronilla portan el casquete redondo denominado kipá, en admisión de que sobre sus cabezas hay un ser más poderoso. En aras de la modestia, las mujeres cubren su piel sin mostrar brazos o piernas, ni siquiera en verano. La prenda de rigor es la falda larga, nada de pantalones. Y al casarse cubren completamente su cabello, para marcar distancia con aquellos varones que no son sus maridos. Dependiendo del grupo, sefardí, aquel cuyas raíces están en España, o asquenazí, oriundo de Europa central y oriental, las mujeres optan por un gorro de lana, pañuelo o una peluca. Hay quienes llevan varios.
En esas apariencias, Yakov y Rivka Yerus­lavsky son un matrimonio ultraortodoxo ar­­que­­típico. Asquenazíes ambos, viven en el barrio jaredí de Sanhedría. Él, de 47 años, acompaña su levita negra de los peyot, larguísimas patillas rizadas que muchos hombres se dejan crecer porque en el libro de Levítico se dice: “no cortaréis en redondo las extremidades de vuestras cabezas”. Su hijo menor, Yehuda, de ocho años, le imita en ello, mostrando con orgullo sus dos tirabuzones. Rivka, a los 45, luce una cuidada peluca. La pareja respeta escrupulosamente el sabbat y para celebrarlo organiza grandes cenas familiares. A ellas suele acudir toda su familia, incluidas sus hijas, de 22, 23 y 25 años. Las tres se casaron en edad temprana, sin largos noviazgos, prometiéndose a jóvenes buscados por sus padres y a los que conocieron en no más de dos citas. Es una costumbre ancestral que los padres respetaron hace décadas.
Durante sus primeros años de matrimonio, Rivka hizo lo que hace una gran mayoría de mujeres ultraortodoxas: trabajó para que su marido pudiera aprender en el collel. Y buscó empleo en lo que es normal en esta comunidad: la educación. Por esa imperiosa necesidad de estudiar la religión, en Israel solo trabajan un 47% de los hombres ultraortodoxos, cuando la media nacional es del 80%. En consecuencia, aproximadamente un 60% de las mujeres tienen empleo, más de la mitad como maestras. El hecho de que el padre no estudie implica que los ingresos familiares no son muy elevados en esta comunidad, 6.000 shékels (unos 1.100 euros) mensuales de media. Poco para familias que tienen una media de siete hijos. Su índice de pobreza es del 56%.
Posteriormente, Yakov dejó de trabajar y junto a Rivka abrió una escuela privada de educación vocacional para jóvenes de su comunidad. Recientemente crearon Strauss Campus, una facultad en la que estudian un millar de jóvenes jaredíes, separados por sexos, con las garantías de que el entorno escolar respeta al máximo las más estrictas exigencias ultraortodoxas. Muchos de los varones que llegan a sus aulas, acostumbrados solo a memorizar la tora, no saben efectuar operaciones matemáticas más allá de una suma o resta. En Strauss los preparan para enfrentarse al mundo laboral. “La población jaredí ha crecido notablemente en años recientes y ese modo de vida en que casi todos los hombres no trabajan no se puede mantener”, admite Yakov.
En realidad, esa pasión por estudiar la tora es algo relativamente nuevo y propio de Israel. En otros países con comunidades ultraortodoxas, como Estados Unidos, los varones trabajan. Pero en la infancia del Estado de Israel, su padre fundador, David Ben Gurion, aceptó llegar a una serie de compromisos con la entonces pequeña comunidad ultraortodoxa, muchos de cuyos líderes se oponían por celo religioso a los avances del sionismo, el movimiento que reclama el derecho de Israel a existir como Estado judío en lo que considera su patria en la Palestina histórica. Veían en los recién llegados a Tierra Santa muy poco temor a Dios. En el Talmud, un compendio de interpretaciones de las leyes y costumbres judías, se dice claramente que los fieles “no ascenderán a la tierra de Israel en grupo y usando la fuerza”. Ben Gurion aceptó concederles a los ultraortodoxos que estudiaran la tora cuantiosos subsidios y una exención de prestar el servicio militar obligatorio que aún perdura. No a todos les ha satisfecho.
Según la Biblia, debemos ser exiliados hasta el momento en que Dios quiera que dejemos de serlo
Meir Hirsh, rabino y líder de Neturei Karta
“Según la Biblia, debemos ser exiliados hasta el momento en que Dios quiera que dejemos de serlo. No tenemos el derecho a gobernar”, dice el rabino Meir Hirsh, líder de un grupo antiisraelí ultraortodoxo llamado Neturei Karta, radicado en el barrio de Mea Shearim, donde han vivido los jaredíes desde tiempos inmemoriales. Todo en Hirsh es antisionista. Rechaza hablar hebreo moderno, el idioma revitalizado por los fundadores de la patria, en favor del arcano yídish. Sobre su puerta, un pequeño cartel reza: “Aquí vive un judío, no un sionista”. Hirsh departía a menudo con Yasir Arafat antes de su muerte y consulta frecuentemente con la Autoridad Palestina. Su ideal sería devolverles a los árabes el control de toda la tierra entre el río Jordán y el Mediterráneo.
Lógicamente, las imágenes de ultraortodoxos quemando banderas con la estrella de David durante las celebraciones patrióticas provocan un gran resquemor entre los israelíes seculares. La de Hirsh es, sin embargo, una actitud extrema. De hecho, los ultraortodoxos han sido verdaderos hacedores de reyes poniendo y quitando Gobiernos a su antojo.
En las primeras elecciones, en 1949, un grupo ultraortodoxo, el Frente Religioso Unido, logró 52.000 votos, un 12%, e ingresó en el Gobierno con un ministro. Creciendo a lo largo de las décadas en escaños e influencia, los jaredíes hicieron posible el ascenso del partido de derecha Likud al poder en numerosas ocasiones, favoreciendo a Benjamín Netanyahu en 1996 y 2009. Incluso se han diversificado. Hartos de sentirse ciudadanos de segunda clase, los ultraortodoxos sefardíes, procedentes del norte de África y Oriente Próximo, crearon en 1984 su propio partido, Shas, que en 1997 se convirtió en la tercera fuerza más votada del país. Los legisladores jaredíes, en bloque, no son ni de izquierdas ni de derechas. Su único programa es beneficiar a sus electores. Apoyan cualquier moción que en contraprestación les garantice grandes subsidios.
Uno de los tres rezos obligatorios al día. / ARIEL JEROZOLIMSKI
Eso ha llevado a muchos estudiosos a preguntarse si ese modo de vida ultraortodoxo en Israel obedece en realidad a exigencias religiosas o si hay un componente que cada vez es más étnico. “La fe ya no tiene nada que ver con este asunto”, opina Tamar El Or, antropóloga en la Universidad Hebrea de Jerusalén y reputada experta en la comunidad jaredí. “Está claro que creen en Dios, pero han crecido para ser algo semejante a un grupo étnico. Tienen sus propios códigos de comunicación, su léxico, hábitos y tradiciones. Han crecido en la dependencia del Estado y se ha llegado a una situación en que una ingente cantidad de ellos no conocen nada del mundo exterior, que ven como lugar oscuro y frío”.
Los detractores del estilo de vida ultraortodoxo son muy dados a emplear con fruición el paralelismo con los parásitos. “Miles de estudiantes deyeshiva son parásitos, chupando la sangre del país”, escribió el escritor pacifista Uri Avnery en 1988. En el Parlamento, en 1993, la exministra de Educación y legisladora Shulamit Aloni los describió como “sanguijuelas”, “bebiendo literalmente nuestra sangre”.
A ellos se unió en abril el actual viceministro de Finanzas, Mickey Levy, del partido centrista Hay Futuro (Yesh Atid). “Parásitos” les llamó. Fundada hace un año, dicha formación fue la segunda más votada en las elecciones legislativas de enero de 2013. Su ascenso desbancó a los partidos ultraortodoxos del Gobierno y los dejó solos y sin aliados. Su programa electoral da vueltas en torno a una misma promesa: que los jaredíes se integren en el mercado laboral y en el ejército.
Nunca dejaré a mi hijo servir en el ejército. Antes nos iremos del país. La tora es sagrada
Rivka Ravitz, jefa de gabinete del legislador Reuven Livlin
Cada año deberían incorporarse a filas 8.000 hombres ultraortodoxos, de los que en 2012 lo hicieron solo 1.400. Hay en este momento unos 50.000 varones jaredíes que están en edad de entrar en el ejército, pero que han optado por estudiar la tora. Tradicionalmente, si no entraban a filas se les prohibía terminantemente trabajar, y solo se concedían exenciones en casos muy estrictos de familias numerosas o edad avanzada. Así se perpetuó una larga dependencia del Estado. Asher Hakarni, por ejemplo, el varón de Jerusalén que dedica su vida a estudiar, recibe unos 1.200 shékels (400 euros) de su escuela y otros 500 del Gobierno. Esas instituciones educativas, las yeshivas y collels, recibirán además este año escolar el equivalente a 130 millones de euros en ayudas gubernamentales.
El nuevo Gobierno de Netanyahu, con un tinte más centrista, ha creado un comité para planificar una nueva legislación según la cual todos los varones jaredíes deberían prestar el servicio militar salvo 1.800 que lasyeshivas identificarán como virtuosos en el estudio de textos religiosos a partir de 2017.
Los planes de reclutamiento han provocado numerosas protestas de los ultraortodoxos, sobre todo en Jerusalén. En el barrio de Mea Shearim se han visto carteles en los que se prohíbe la entrada a uniformados. En pasados meses se han multiplicado las agresiones, con piedras o puñetazos, a ultraortodoxos que ingresaron en filas, a pesar de que no hay nada en las leyes religiosas que lo impida.
“Nunca dejaré a mis hijos servir en el ejército, nunca. Antes nos marcharemos de este país. La tora es sagrada. Mis hijos nunca lucirán uniforme”. Rivka Ravitz, de 37 años, ha vivido muy de cerca el debate político sobre el futuro de su comunidad. Trabaja en el Parlamento como jefa de gabinete del legislador Reuven Rivlin, que hasta este año fue presidente de la Cámara. Es una de las mujeres jaredíes que más alto han llegado en el servicio público. “Es terrible cuando nos llaman parásitos. Hasta hace unos meses eran solo los políticos quienes lo decían. Ahora va a peor”, añade.
Un grupo de ultraortodoxos. / ARIEL JEROZOLIMSKI
Rivka debe compaginar las exigencias de su fe con la atareada vida de la política y el Congreso. Su día comienza a las cuatro de la madrugada, para vestir y preparar la comida a sus 11 hijos antes de enviarlos al colegio. En su trabajo no tiene reuniones a solas con varones, a los que no estrecha la mano. Cubre su cabello y sus extremidades con una vestimenta modesta, prefiriendo el pañuelo a la peluca. En una ocasión se encontró con Silvio Berlusconi, entonces primer ministro italiano, que estaba de visita. Por supuesto, él intentó estrecharle la mano. Ella le explicó que le era imposible. Él, confundido, le envió meses después una corbata roja, grabada con su propio nombre, para su marido, que la familia muestra hoy como un excéntrico recuerdo.
Pase lo que pase, Rivka siempre está de regreso a casa a las cuatro de la tarde. “Esté con quien esté, sea el presidente o el primer ministro, a las tres y media salgo por la puerta del trabajo. La prioridad es la familia”, dice. Su marido, Isaac, de 40 años, fue elegido en octubre vicealcalde de su localidad, y sigue estudiando la tora cada día al menos cuatro horas.
El estudio de estos textos religiosos no es para estas familias un asunto menor. Trabajen o no, es una misión crucial que según ellos creen garantiza la existencia misma del mundo entero. “A lo largo de la historia fue tradición que un 50% del pueblo judío se dedicara de lleno a estudiar la tora y el otro 50% trabajara”, añade Isaac. Los riesgos de que no suceda así, si se fuerza a los jaredíes a ir al ejército y a buscar empleos, son muy grandes, a su entender. Creen muchos de estos fieles que el Holocausto fue precisamente una prueba de fuego durante la cual el estudio de la tora estuvo a punto de cesar y el pueblo judío fue casi extinguido. “¿Acaso no recuerdan los israelíes el Holocausto?”, se pregunta Moshe Grylak, de 77 años, él mismo un superviviente del exterminio nazi que llegó a Jerusalén en 1945 y ahora dirige la principal revista para ultraortodoxos, Mispajá(Familia). “Nuestra comunidad es la que más ha respetado un mandamiento importante, el de reproducirse y llenar la tierra. En Israel ya somos seis millones de judíos. Lo único que pedimos es que nos dejen mantener este estilo de vida”.
El crecimiento de esta comunidad es formidable. Son tantos que incluso se han expandido a la Cisjordania ocupada. Hay varias colonias ultraortodoxas en tierra palestina, con unos 100.000 habitantes. Necesitan espacio. Han tomado ya barrios enteros de Jerusalén y localidades cercanas a Tel Aviv como Bnei Brak, donde habitan unos 170.000. Su comunidad crece un 5% al año, frente al exiguo 1,8% nacional. Una estimación de la Oficina Central de Estadísticas de Israel mantiene que a este ritmo serán un 20% en 2034 y un 40% en 2059. Teniendo en cuenta que el 20% de los habitantes de Israel son árabes, el futuro es suyo. Ahora les falta decidir qué quieren hacer con él. Criterios y opiniones.