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lunedì 30 giugno 2014

La casualidad con la que estalló la primera Guerra Mundial

La casualidad con la que estalló la primera Guerra Mundial

Un insólito cúmulo de casualidades permitió a Gavrilo Princip asesinar al archiduque en Sarajevo hace ahora 100 años


Princip, segundo por la derecha, capturado tras disparar al archiduque.
Nunca un cúmulo de casualidades tan insólito ha tenido unas consecuencias tan pavorosas. Las posibilidades de que Gavrilo Princip desatase en Sarajevo con dos disparos una guerra mundial, un atentado del que se cumplen 100 años este sábado, eran mínimas pero ocurrió. “Era un don nadie, que sin embargo lo cambió todo”, explicaTim Butcher, un escritor de viajes británico que acaba de publicar un ensayo sobre Princip, The trigger. Hunting the assassin who brought the world to war (El gatillo. En busca del asesino que llevó al mundo a la guerra). La mayoría de los historiadores coinciden en que, sin aquel magnicidio, la Primera Guerra Mundial, la catástrofe de la que surgen todas las demás catástrofes del siglo XX, no habría estallado. Sin embargo, este joven serbio de Bosnia de 19 años, un tirador sin experiencia, mató al archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro, del que Bosnia era entonces una remota provincia, y a su esposa, Sofía, después de encontrarse con ellos por casualidad: ni el asesino ni sus víctimas tenían previsto estar en el sitio en el que se cruzaron. Con dos certeros e improbables disparos, destruyó el mundo tal y como se conocía hasta entonces.
El archiduque con su esposa en Sarajevo el 28 de junio de 1914. /REUTERS
“El atentado de Sarajevo es un suceso de consecuencias mundiales, una especie de Zona Cero de la época”, explica el escritor bosnio residente en Francia Velibor Colic, autor de un relato borgiano del magnicidio, Sarajevo omnibus(Gallimard). “Fue un complot muy bien organizado pero a la vez muy caótico, en el que el azar jugó el papel principal. Fue un vaudeville, una tragicomedia cuyas consecuencias, desgraciadamente, conocemos todos”. Butcher asegura sobre el improbable protagonista del mayor magnicidio de la historia (sólo comparable al asesinato de Kennedy en Dallas en 1963, en el que también hubo una comitiva, un coche descubierto y un debate nunca acabado sobre los responsables últimos): “No dejó descendientes directos, porque murió muy joven. Provenía de una familia extremadamente pobre, de siervos, que debían entregar sus ganancias al señor feudal. Seis de sus hermanos murieron. Cien años después, cuando conocí a sus familiares, seguían hablando de la pobreza".
El asesino se encontró ante el convoy en el que viajaban los príncipes frente a la pastelería Moritz Schiller, que ahora alberga un museo sobre el magnicidio. Princip estaba allí por casualidad pero, lo que es más grave, el archiduque y su esposa, también. La leyenda dice que el asesino se estaba comiendo un emparedado pero, como tantos otros detalles de aquella mañana, no está confirmado porque muchos documentos se perdieron a lo largo de las guerras que asolaron Europa desde entonces. Se sabe que formaba parte de un complot para llevar a cabo el magnicidio que, en aquel momento parecía haber fracasado tras un intento fallido y después de que tres terrorista no se atreviesen a utilizar las bombas y las pistolas que llevaban. De repente se topó de bruces con la comitiva regia y decidió disparar. 

Tras la visita prevista al Ayuntamiento, el gobernador de Bosnia, Oskar Potiorek, convenció al archiduque para acortar y cambiar el recorrido, evitando las estrechas calles del centro de Sarajevo. Pero a nadie se le ocurrió informar al conductor. Cuando se dieron cuenta del error, la comitiva real se detuvo en mitad del camino con el propósito de cambiar de rumbo: hubo que empujar el coche a mano porque carecía de marcha atrás. La parada tuvo lugar ante la pastelería Moritz Schiller, aunque podía haber ocurrido en cualquier otro lugar. Pero, justo ahí, un joven armado que tal vez estaba allí para comerse un sándwich se encontró con un blanco perfecto, se subió al alero del coche y cumplió la misión para la que se había conjurado con otros siete Jóvenes Bosnios, por orden de una misteriosa y letal organización de Belgrado,
la Mano Negra (el grado de participación del Gobierno serbio sigue siendo un misterio, aunque está claro que las armas venían de Serbia). La princesa Sofía murió casi inmediatamente, el archiduque Francisco Fernando media hora después. Eran las 11 de la mañana y el siglo XX acababa de empezar. Treinta y siete días después, estallaba la Primera Guerra Mundial.Contra toda la lógica, pese a haber sufrido un atentado fallido esa misma mañana, Francisco Fernando decidió continuar con su visita a Sarajevo como si nada ocurriese y formase parte de las costumbres locales lanzar una bomba contra el coche en el que viajaba el heredero de un imperio. La lógica indicaba que el ataque no era una casualidad entre otras cosas porque la visita tenía lugar en una fecha de enorme contenido simbólico: los serbios celebran su día nacional el 28 de junio, San Vito, cuando perdieron su independencia frente a los turcos en batalla del campo de los mirlos en 1389, en Kosovo. La escritora Rebecca West, autora del gran libro de viajes sobre los Balcanes, Cordero negro, halcón gris, escribió en los años treinta tras entrevistarse en Sarajevo con varios testigos del magnicidio: “Nadie trabajó tanto para que el atentado tuviese éxito como las propias víctimas”.
Gavrilo Princip, en una imagen sin fecha. / AFP
El historiador Christopher Clark, autor de Sonámbulos, el más influyente ensayo de todos los publicados este año del centenario, insiste en el aspecto casual y pone sobre la mesa una idea muy inquietante dada la dimensión del desastre que se avecinaba (la desaparición de cuatro imperios, la Revolución Rusa, el cambio de las fronteras mundiales, el nacimiento del fascismo y el nazismo, otra Guerra Mundial, el Holocausto...): si Gavrilo Princip llega a fallar, Francisco Fernando, que no era un belicista, hubiese evitado la guerra. Sin embargo, Tim Butcher, que ha pasado años investigando la figura de Princip y que ha recorrido Bosnia en busca de sus huellas, tiene una visión muy diferente, no de la chapuza de aquella mañana, pero sí de lo que el asesino representaba. “Encarna el principal cambio que surgió con el siglo XX: la era de los jóvenes, de la gente que no tenía voz y que de repente la tuvo. En aquellos años surgieron los nacionalismos violentos en Irlanda, en Palestina, en lo que sería Yugoslavia. Es una figura que cobra sentido en medio de todas estas fuerzas que estaban estallando entonces”. Enmarca el asesinato de Sarajevo dentro de la lucha de los eslavos del sur por tener un país, que se llamaría Yugoslavia hasta que los mismos nacionalismos lo destruyeron, y dentro de las revoluciones europeas de 1848, la Comuna de París en 1870, la rebelión de los jóvenes turcos en 1908... El asesinato fue una casualidad, pero la guerra era algo que llevaba un siglo forjándose. La primera mañana del siglo XX fue una larga digestión del pasado.FOPLADE- Criterios y opiniones.

El que desata la primera guerra mundial.

“Gavrilo Princip era un joven idealista”


    El archiduque y su esposa, minutos antes del magnicidio en Sarajevo. / AFP
    Nikola Princip entrelaza las manos y fija la mirada. “Yo estoy orgulloso de Gavrilo Princip. ¡Claro! No lo escondo”, dice resuelto. La historia siempre marca sus huellas, pero en este hombre de 78 años son, quizá, algo más profundas. Y las reivindica. Gavrilo Princip, el hombre que segó la vida de Francisco Fernando de Austria y de su esposa Sofía en una esquina de Sarajevo, es su tío abuelo. Hoy, un siglo después del magnicidio que desencadenó la I Guerra Mundial y años de incesantes convulsiones en la región, Princip define a su antecesor como un revolucionario. “Gavrilo tenía 19 años, era un idealista. Ni un héroe ni un terrorista. Buscaba expulsar al ocupante, el imperio austrohúngaro”, incide.
    Durante los últimos meses este serbobosnio ha revisitado esa parte de su legado familiar muchas veces. Los ojos de medio mundo miran estos días hacia la capital bosnia, donde numerosos actos conmemoran el centenario del asesinato que cambiaría el mundo, y Princip, que cobra una escasa pensión de 250 euros al mes con la que viven él y su esposa Nada, trata de obtener su porción del pastel. Pide 200 marcos (100 euros) por una entrevista. “Todos tenemos que comer”, comenta encogiéndose de brazos. Pero, igual que Nada, tiene ganas de hablar con la visita de España y la petición queda olvidada entre las pareces de su pequeño apartamento de Sokolac, en la entidad de mayoría serbia República Srpska, a algo más de una hora de Sarajevo.
    Princip, mecánico, nació en Obljaj (cerca de la frontera con Croacia), a dos pasos de la casa natal de su tío Gavrilo. En 1992 --al inicio de la guerra de los Balcanes-- llegó desde Sarajevo a Sokolac como refugiado, y en el humilde barrio de calles sin asfaltar y de improvisados campos de baloncesto entre la hierba –a dos pasos de uno de los enclaves que sirvió de base a los serbios durante el asedio a Sarajevo--, se ha quedado con Nada, sus dos hijos y, ahora, siete nietos y tres bisnietos.

    Se entristece, pero aparece su nieta Garona, recién casada con apenas 20 años –“qué le vamos a hacer, se ha enamorado”— y le cambia la cara. La joven no conoce Obljaj, tampoco la casa natal de Gavrilo. Su hermano Novak, de 16, sí. Su abuelo le llevó a visitar el edificio, destruido y reconstruido tantas veces como las diferencias de una región convulsa han resucitado –“y utilizado”, dice-- el nombre de su antecesor, que durante la época de Tito era considerado un héroe que luchó contra la ocupación. En la aldea aún viven su hermano, de 82 años, y un primo. Pero la mayoría de los Princip dejaron la zona de Bosansko Grahovo. Algunos, explica Nikola, abandonaron el país durante “la última guerra” y no volvieron.
    “Muchos dicen ahora que Gavrilo era un nacionalista radical serbio. No es cierto, formaba parte de un grupo multiétnico y creía en la diversidad”, apunta Nikola Princip. Habla de Mlada Bosnia (Joven Bosnia), la organización que ideó el atentado contra el archiduque y a la que pertenecía Gavrilo. El antiguo mecánico alisa un par de arrugas inexistentes en el hule verde que cubre la pequeña mesa del comedor y mira a Nada que, en la pequeña cocina, trastea con unos cacharros. Se atusa el bigote canoso y elude hablar de los dos disparos que en 1914 causaron el estallido de la Gran Guerra. En cambio, recuerda los “tiempos buenos”. “Mi madre hablaba mucho Gavrilo, siempre contaba que después de todo se arrepintió por no haber logrado avanzar en su idea de una Yugoslavia interétnica y unida. Lo más cerca que hemos estado fue en época de Tito (Joseph Broz, presidente de Yugoslavia desde el final de la II Guerra Mundial hasta su muerte en 1980). Pero como ves tampoco cuajó”, dice masticando las palabras.
    Otros sí. A 60 kilómeros de Sokolac, en un barrio cercano a la base militar internacional de Sarajevo, Gavrilo Princip dirige un hotel de carretera y una gasolinera. Tiene 60 años, pero salvando la edad y el cabello canoso, sus facciones y sus ojos hundidos, recuerdan al joven que mira desde el cartel conmemorativo que cubre un lado de la esquina del magnicidio, en el otro, Francisco Fernando. Gavrilo, a quien todos llaman Bato, también es sobrino nieto del tirador –que falleció en una cárcel húngara en 1918, a los 23 años—pero se muestra algo hastiado por la expectación mediática que genera su antecesor.
    Bato sacude la cabeza cuando explica que en los últimos seis meses le han preguntado más veces sobre Gavrilo que en toda su vida. “Durante un tiempo, quizá en tiempos de Tito, el apellido Princip podía abrir algunas puertas. Después nada en absoluto. Mira ahora…”, dice. Ahora, la figura de su tío abuelo genera cierta división en Bosnia. Para los serbobosnios, que el viernes inauguraron una estatua en el Este de Sarajevo en su honor, es un héroe; para los bosnios un criminal que llevó a Europa a un conflicto que ha dejado un gran lastre.
    De nuevo en Sokolac, a Goran, el hijo de Nikola Princip, no le apetece hablar de Gavrilo. Alto --casi dos metros--, con el cabello muy corto, camisa blanca y traje oscuro, comenta que tiene un negocio, que se gana la vida de cara al público, y que no conviene. “Yo no hablo de la historia. La gente mayor puede contar lo que quiera”, dice. Pero para su padre, al que parece que ha reñido cariñosamente por ahondar tanto en el pasado, su legado es importante. “No me gusta que estemos volviendo atrás, utilizando la figura de Gavrilo, pero la historia nunca la escriben los que perdieron. Aunque ahora quieran corregir la historia, o maquillarla, pasó lo que pasó”, dice el sobrino-nieto del magnicida.FOPLADE- Criterios y opiniones.